La conservación de suelos es una de las principales herramientas para garantizar la sustentabilidad de los sistemas agrícolas. Investigaciones del INTA demostraron que prácticas como las terrazas, la siembra directa, las rotaciones de cultivos y las enmiendas orgánicas pueden reducir hasta un 54 % las pérdidas de suelo, además de incrementar el carbono almacenado y mejorar el aprovechamiento del agua.
La degradación del suelo continúa siendo uno de los mayores desafíos para la producción en la región pampeana. En sistemas agrícolas continuos, los monitoreos registraron disminuciones de entre el 20 % y el 50 % del carbono orgánico. También detectaron pérdidas de nitrógeno por lixiviación de hasta 120 kilogramos por hectárea al año y un incremento cercano al 20 % en la densidad del suelo.
Ante este escenario, especialistas del INTA Entre Ríos desarrollan indicadores para evaluar el estado del recurso. Entre ellos se destacan el carbono orgánico, la estabilidad de agregados, la infiltración y la pérdida de suelo, variables que permiten detectar procesos de degradación y orientar las decisiones de manejo.
Marcelo Wilson, coordinador del Proyecto Macrorregional del INTA sobre mitigación de externalidades de los sistemas productivos pampeanos, señaló que medir el estado y la dinámica del suelo es esencial para anticipar problemas y mejorar las estrategias productivas.
Rotaciones, terrazas y enmiendas fortalecen la conservación
En Entre Ríos, donde más del 57 % del territorio presenta algún grado de erosión, los estudios de largo plazo aportaron resultados relevantes. El análisis de 17 campañas agrícolas determinó que la rotación maíz-trigo/soja disminuye un 40 % el coeficiente de escorrentía.
Mariela Seehaus, investigadora del INTA Paraná, explicó que mantener cobertura durante todo el año es una práctica clave para reducir la erosión. Según indicó, el monocultivo de soja puede generar pérdidas de hasta 2,2 toneladas de suelo por hectárea al año. En cambio, la incorporación de trigo como cultivo invernal reduce ese valor a la mitad y, en las secuencias más diversificadas, las pérdidas descienden hasta 0,3 toneladas por hectárea. Además, la siembra directa contribuye al control de la erosión.
Los trabajos también confirmaron el impacto positivo de las terrazas de evacuación. Esta infraestructura, presente en unas 600.000 hectáreas entrerrianas, logró disminuir las pérdidas de suelo en un 54 % y aumentar un 8,5 % las reservas de carbono respecto de la línea de base.
Wilson destacó que las terrazas reducen la velocidad del escurrimiento superficial y protegen la capa fértil. En los lotes sistematizados se registró un 13 % más de carbono orgánico que en aquellos sin esta práctica.
Otra alternativa para fortalecer la conservación de suelos es el uso de enmiendas orgánicas. Emmanuel Gabioud, técnico del INTA Paraná, explicó que la aplicación de cama de pollo mejora tanto la fertilidad química como las propiedades físicas del suelo.
Los ensayos mostraron que, después de dos años de aplicación, el carbono orgánico aumentó cerca del 20 %. Además, se observaron mejoras en la porosidad, la disponibilidad de fósforo y la infiltración del agua.
Los investigadores coincidieron en que el monitoreo permanente resulta indispensable para detectar tempranamente los procesos de degradación, evaluar la eficacia de las prácticas de manejo y consolidar una conservación de suelos que asegure la productividad y la sustentabilidad de los sistemas agrícolas a largo plazo.
Fuente: Inta Informa







